domingo, 30 de enero de 2011

DESDE EL OMBLIGO DE LA LUNA.


Te llamo, quiero amarte,
no pretextes en el dolor
tu ausencia.


Quiero quererte,
colarme por las grietas
de tu vida derribada.

Ámame

Somos distancia:
Tú, sombra en el este,

yo, eco en el ombligo de la luna

Nada

martes, 25 de enero de 2011

PERSEVERANTE MÚSICA


 Quise pactar con dios o con quien  mande
verte solo una vez
para ponerle rostro a un día, 
a una caricia, incluso a un adiós.

No tengo señas ni una tarjeta,
una foto o un flor en las páginas de un libro.
Fuiste  lejanía que me hirió como un abismo 
en cuyo fondo se erizaban piedras de cantos agudos.

Amor y  muerte simultáneos:
amor porque saberte me dio  la fuerza de alzarme del olvido.
Primero te quise amigo, luego me quise colgar de ti como rescate. 
Pero no  pasó de ser un deseo de tu presencia, 
porque nunca llegaste.

Muerte porque eras  arenas movedizas,
y  tus cartas peligro solamente,
Fuiste en verdad  una serie de lentas despedidas.

Yo que me había inventado un amor  como el Titanic, 
supe luego que estaba destinado igual al hundimiento,
con todo y su perseverante música.                              

Ahora sigo esperando para mi bien ( o para mi mal) olvidarte
aunque deseo obstinada verte una sola vez … 
sólo un instante.

jueves, 30 de diciembre de 2010

EN EL BORDE



Se sabía al borde de la locura
si fallaba el control 
vendría una disolución total

Su cuerpo en asedio
se desgarraba
gritaba 
destruía

Más temprano que tarde 
volvería la paz
no la real pero algo parecido
y con ella el arrepentimiento

Quiere salir de esta  vida  en escarpe
cansada de un pasado que no pasa
de un futuro que no promete 
de un presente que se va

 

2006

Tres Sonetos votivos de Tomás Segovia

Tres sonetos votivos

I
Si te busco y te sueño y te persigo,
y deseo tu cuerpo de tal suerte
que tan sólo aborrezco ya la muerte
porque no me podré acostar contigo;
si tantos sueños lúbricos abrigo;
si ardiente, y sin pudor, y en celo, y fuerte
te quiero ver, dejándome morderte
el pecho, el muslo, el sensitivo ombligo;
si quiero que conmigo, enloquecida,
goces tanto que estés avergonzada,
no es sólo por codicia de tus prendas:
es para que conmigo, en esta vida,
compartas la impureza, y que manchada,
pero conmovedora, al fin me entiendas
II
¿Qué sabes tú, qué sabes tú apartada
injustamente en tu cruel pureza;
tú sin vicio, sin culpa, sin bajeza,
y sólo yo lascivo y sin coartada?
Rompe ya esa inocencia enmascarada,
no dejes que en mí solo el mal escueza;
que responda a la vez de mi flaqueza
y de que tú seas hembra y encarnada;
que tengas tetas para ser mordidas,
lengua que dar y nalgas para asidas
y un sexo que violar entre las piernas.
No hay más minas del Bien que las cavernas
del Mal profundas; y comprende, amada,
que o te acuestas conmigo o no eres nada.
V
Toda una noche para mí tenerte
sumisa a mi violencia y mi ternura;
toda una larga noche sin premura,
sin nada que nos turbe o nos alerte.
Para vencerte y vencerte y vencerte,
y para entrar a saco sin mesura
en los tesoros de tu carne pura,
hasta dejártela feliz e inerte.
Y al fin mirar con límpida mirada
tu cuerpo altivo junto a mí dormido
de grandes rosas malvas florecido,
y tu sonrisa dulce y fatigada,
cuando ya mis caricias no te quemen,
mujer ahíta de placer y semen.

TOMÁS SEGOVIA

martes, 7 de diciembre de 2010

TARDE DE ESPERA, CAFE Y LIBROS.

  ...el café sabe a hierba....picante, recién cortada.La tarde de verano, no quiere morir.     La luna, la que de niña creí que salía sólo de noche, está en creciente y son las seis. ¿Qué le pasa al mundo que parece del revés? Hay tres personas en el café esta tarde: un hombre que no sé si espera  o sólo encontró este rincón agradable sin nada que esperar; y una pareja ¿amigos o novios? Juntas sus cabezas leen un libro que imagino de amor, ¡no! ...ahora veo el título, se titula "Hitler" quizá es una tarea escolar y el horror se convertirá en una ficha bibliográfica.             En fin son las seis, la tarde alunada huele a café, a tarea escolar y a esperanza.   Como siempre no pertenezco a nada ni a nadie, excepto a mí.             Sola como tantas veces…. Hago tiempo y me vivo en la espera que me permite comprobar qué cierta es la relatividad del tiempo: todo está en ralentí, la luna, la tarde, el mundo…hasta la melodía en el altavoz suena con un ritmo diferente,...a ralentí.  También las emociones se aletargan en esta tarde sin fin y las sombras se alargan, a diferencia de este octubre que avanza irrevocable.

...ME CUIDABA UN LEÓN

   

 

                                                                  Para Paulina, ella sabe por qué…

Hace años sufrí del amor un desengaño y, por demasiado tiempo, me sumergí en sucesivos escenarios de ira, deseos de morir, inconsciencia y dolor. El hombre que amaba me desgarró la vida y como venganza me condené  a la soledad.
Finalmente anhelé que esto terminara y, harta de dañarme, desperté un día decidida a descorrer  el velo que me impedía vivir. 
 Primero ensayé, con muecas, a remedar la risa y luego aprendí con franqueza sonreír.  Puede ver lo verde que eran los árboles, que la mañana era una promesa -como siempre- y las noches fiesta y descanso como es obvio, pero hasta ese día lo supe. Por eso me animé a aceptar tu cita e ir a conocerte bajo el  “Arco de la calzada"  de León.
Te esperé una hora bajo las letras plateadas de uno de los pilares mientras me aturdía un tráfico indiferente y a mi lado pasaban unas niñas con uniformes abrillantados por el uso;  luego vi a un joven de cabeza a rape con un tatuaje en el brazo que no pude descifrar; en la esquina un anciano tocaba el organillo, en tanto un hombre en  una banca fumaba  un puro corriente, que con su olor, enervaba la tarde.
Pasaron dos horas y te seguía esperando, pero ahora en la banqueta de enfrente, recargada en una reja que en otro tiempo fue roja. No sé por qué su desvaído color provocó en mí un sentimiento de gran desolación, tanto que temblé de cuerpo entero con los ojos cerrados y, por un instante, me arrepentí de estar ahí.
Perseveré en aguardarte pero después de tres horas pensé que nunca llegarías, aunque anocheciera y volviera a amanecer.  Los pájaros de la calzada iniciaron el ritual del sueño, la luz dorada de la tarde encendió las apagadas de neón, sopló una brisa que pastoreaba hojas y papeles mientras una música alegre se oyó en un callejón.
Fue entonces que vi a aquel hombre recargado en el muro de Arcadia, abrazaba un portafolios y algo parecía esperar, en su cara se barruntaban nubes de exilio y  vio, sin ver realmente, un mapa de las rutas del camión.
Salió la luna y arreció el viento de Enero, la gente ya no caminaba, corría; yo cansada de tu demora sólo quería dormir. Pero quise creerte y para dar tiempo al tiempo fui  a comprar un café que bebí con deliberada mesura para justificar una prórroga en la espera de ti.

Regresé a la que ya era mi ventana con su reja: mi rincón. Entonces  de una casa salió una anciana que me ofreció una silla y pude descansar. Arriba del Arco, el León enseñoreaba vigilando su ciudad, llegó la noche y en lo oscuro cintilaban las estrellas mientras la luna menguaba sin cesar.
Terminando mi café el  hombre de Arcadia dejando su muro caminó hacia mí, con un simulacro de sonrisa me preguntó por la terminal de  los camiones, como entendí que era una pregunta sin sentido sólo le respondí  por platicar.
A esas horas ya éramos dos parados en la espera: le pregunté la hora y me señaló a un pájaro dormido; le ofrecí mi silla  pero no la aceptó; le pregunté su oficio…me platicó su vida; él por el mío...¿que podría contestar?
        Si acaso en ese lapso llegaste o no lo hiciste, no me di cuenta ni importó, porque una nueva vida me rodeaba y supe que mi cita no era contigo, era con la música, la luna, los pájaros, el arco y su poema... la ciudad.

Tú ahora ni nunca has existido, al otro hombre solamente lo soñé, cuando aquella tarde de Enero me quedé dormida  mientras, desde arriba del arco, me cuidaba un León.


--
María Elena Gómez


jueves, 18 de noviembre de 2010

HOJA SUELTA...CON AURA


         Mamá ha muerto, y mis hermanos han delegado en mí la labor de revisar y ordenar sus objetos íntimos, “son cosas de mujeres” me han dicho. Por supuesto que ellos ya han dado cuenta de todo lo de valía; es un trabajo que no me gusta, no hay nada que merezca la pena: vestidos pasados de moda, perfumes añejos, bisutería sin valor, medicinas para males desconocidos, recuerdos de bautizos, primeras comuniones o bodas, estampitas, recetas médicas y esquelas.; sin embargo tengo la tranquilidad de estar a solas y tal vez sea la última oportunidad para reconciliarme con esa mujer casi desconocida que fue mi madre.
Ya sólo falta empacar los papeles y los libros: ediciones baratas de novelas españolas en las que el amor siempre triunfa, textos escolares de cuando éramos niños, calendarios de cromos, recetas de cocina, directorios telefónicos, revistas de tejidos y cosas por el estilo.
Cansada y empolvada de tiempo ido, a punto de meter todo en una caja y no revisar más, encuentro un pequeño cuadernito de pasta dura, tiene una chapa y su llave cuelga de una cinta azul de seda, en la tapa tiene impreso un corazón y la leyenda “Mi Diario”, ¡que cursi! Me da risa, supongo que es de cuando mamá era adolescente, lo abro y comienzo a leer algunos de sus días. El único que atrapó mi atención fue el siguiente fragmento:



5 de diciembre de 1962

Querido Felipe, hoy finalmente me enteré del fin que tuvieron tus pasos, fue inútil la espera de una carta en la cual tú me explicaras lo sucedido, y confieso, que a pesar de leer y releer lo que tengo en mis manos, no entiendo. Hasta ayer, sólo tenía en la cabeza noticias y sucesos inconexos, que por fin encontraron su lugar gracias a tu escrito.
Todos nuestros planes se cumplirían cuando al fin pudieras terminar tu gran obra sobre los descubrimientos y conquistas españolas en América, en la que teníamos toda la fe de que sería un éxito, no sólo literario, sino económico. No niego que acepté ser tu compañera en la espera, y conocedora de tu escaso sueldo como maestro, entender también el que buscaras otro empleo, que te diera el capital que soportara el tiempo requerido para la investigación y posterior impresión de la misma.
Lo último que supe de ti, fue que te vieron varios días en aquel café de Chinos, en el que pasabas gran parte de la mañana revisando los avisos de colocación, ahora sé que finalmente encontraste una solicitud interesante y que para justificar lo que ocurrió después, cuentas que era un aviso dirigido a ti en el que sólo faltaba: “Se solicita Felipe Montero” escrito en letras negras y grandes. Me extraña, Felipe, que tan  meticuloso y ordenado como eres, no tuvieras cautela.
Mi madre me dice que no es raro que un joven de veintisiete años sea amigo de la aventura, ella cree que te fuiste de México, tal vez a París, ciudad de la que estás enamorado y en la que ella jura tienes una mujer.
Odio que me diga esto, porque tengo celos y ¡como no tenerlos!, si te quiero y  te recorro con la imaginación y veo tus ojos negros, tan profundos que parecen vivir en una ensoñación constante del pasado, tal vez por la sombra de tus cejas pobladas y perfectas; cómo odio a mi madre cuando me planta en la mente la idea de otra mujer, que yo imagino despeinando tu pelo oscuro y lacio o besando tu boca carnosa de ángel barroco mexicano.
 Cómo evitar esta sensación de locura, que me invade cuando leo que ahora te sientes poseído por un placer que jamás habías conocido, que sabías parte de ti, pero que sólo ahora experimentas plenamente, liberándolo, arrojándolo fuera porque sabes que esta vez encontrará respuesta.

 Felipe, la última vez que nos vimos te pregunté, como siempre lo hacía, en ese juego romántico y eterno de los amantes: ¿me quieres? Y tú me contestaste que sí y que me amarías siempre:  -¿me lo juras?,-te lo juro-, -¿aunque envejezca?, -siempre, mi amor, aunque me muera-
Me llevabas al cielo con tus palabras y me lanzaste al infierno cuando me di cuenta que esa misma profesión hiciste entre los brazos de otra mujer.
¿Por qué no te salvaste, Felipe? ¿Por qué no saliste huyendo de ahí cuando te inquietó la doble presencia de algo que fue engendrado en la noche o al invadirte la tristeza que en voz baja te insinuó que buscaras tu otra mitad? ¿O cuando sospechaste con profunda melancolía que la relación estéril de ese día oscuro engendró tu propio doble? ¿Por qué no huiste  para salvarnos, cuando viendo aquel retrato descubriste que él, ese hombre que te veía desde el daguerrotipo de otro siglo, eras tú?

Recuerdo que días después de que te fuiste, sucedió que en la noche doblaron las campanas, no era hora para su tañido, era locura.  Tocaban a rebato de algo urgente; sonaban a porcelana, a inmolación, a muerte; las nubes cubrieron la luna y yo, escuchando aquel sonido, hundí la cabeza con dolor, porque presentí que a esa hora se sellaba mi destino.  Ahora sé que esa noche a  nuestro amor se lo llevó el aire, junto con tu juventud y tu memoria.
 Felipe, aún sin entender por qué pasó lo que ha pasado, lo sé todo. No  escribirás ya  la obra sobre los descubrimientos españoles, no eres más un investigador, te has vuelto novelista, y tu historia, que tiene un Aura de aberrante posesión, de hechizo verde y de siniestro sacrificio, la firmaste con un seudónimo: Carlos Fuentes.


                                                                                            María Elena Gómez V.
                                                                                                 20/04/04